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EL BOSQUE DE LOS ÁRBOLES ROTOS

 

 Empieza a caer la tarde y salimos a visitar el viejo lavadero de ropa que, aunque es el más antiguo que queda por la zona, está descuidado y rodeado de basura. Juanito, mi hijo de cinco años, me explica el mecanismo del lavadero: El agua sale por este caminito y llega a los cubos por estos agujeros... ¿Para qué sirve, mamá?... Para lavar la ropa, cariño. Mamá, ¿por qué no hay lavadoras?... Antiguamente no había lavadoras, hijo mío, las mujeres lavaban la ropa restregando duros jabones sobre ella, aclarándola bajo el chorro y retorciéndola para escurrir el agua y que se secara pronto. Los hombres no lavaban. La lavadora es más divertida, mamá, la ropa da vueltas. Sí, la ropa da muchas vueltas, pero quizás reunirse aquí a hablar con las vecinas sea más divertido que pararse frente a la lavadora a mirar la ropa y así pretender que el implacable curso de nuestros días se puede detener. No sé qué decirte en este momento hijo, pienso, tengo que descubrirlo... Por eso he querido asistir a esta última reunión conmigo misma en este pueblo...

Ahora nos encaminamos hacia el pinar a recorrer por última vez el sendero de los árboles rotos, como les llama Juanito. Entramos por lo que fueran los antiguos muros y la cancela de acceso a la finca que rodea el pueblo....

Parece como si estos árboles de ramas quebradas y troncos ladeados me hablaran, pudieran escuchar mi voz y en ella, cada uno de los latidos de mi corazón. Estos árboles han sido testigos de la explosión que se ha producido en mi interior: un florecimiento hermoso y pasajero como todo estallido de flor, cotidiano pero siempre diferente y, por ello, siempre sorprendente. Cada vez que vengo a Trasmulas paseo por este pequeño bosque, me siento tan a gusto en él; estos pinos se parecen a mi soledad: robustos, soberbios, rebeldes... Pero, al mismo tiempo, inclinados hacia la tierra, más inclinados conforme pasan los años, más cansados, más vencidos cada día...En algún momento de su existencia decidieron cambiar su lógico curso ascendente y sus troncos comenzaron a curvarse. No recuerdo ni un sólo día de viento en este pueblo. ¿Por qué entonces se han torcido estos pinos? Todos necesitamos un sitio al que regresar, ahora me doy cuenta. Ellos se han alzado hacia el cielo durante décadas pero ahora empiezan a regresar a la tierra... Yo regresaré todos los años con mi dislocada imaginación y mi envanecida alma a este bosquecito a saludar a estos árboles y pensaré que ellos han estado esperando mi regreso. No me importa no traer mi cuerpo porque mi cuerpo parece haber dejado de formar parte de mi, mi presencia no es necesaria en ningún sitio, ni siquiera para ver estos árboles necesito mis ojos, ni necesito mis pies para caminar entre ellos, ni mis manos para tocarlos, ni mi sonrisa para saludarlos. Estoy aquí, siempre estoy aquí: rodeada por todas partes, como ellos, pero sola, cayendo ineludiblemente hacia mis propias raíces con la misma parsimoniosa decadencia, volviendo lentamente al interior de mi propia tierra tras un año de consentir al inclemente viento que agite mis hojas, a la cordial lluvia que empape mi tronco, al abrasador sol que queme lo que fuera la inaccesible cima de mi copa. Estos árboles, estos altos pinos, retornan a su origen, a la tierra, cada uno a su manera y describiendo estas maravillosas siluetas, proyectando unas curvadas sombras que recuerdan su individualidad: Forman un bosque pero cada uno de ellos alberga su propio ocaso, cada caída, cada lento descenso hacia el primer momento de su existencia es diferente a las demás y se convierte en algo que no pueden compartir con sus semejantes pero que, no obstante, les hace formar un conjunto de seres parecidos y muestran un cuadro impresionante e inigualable.

 

Lourdes Millán, Trasmulas, octubre de 2005

 

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